[ ia y gobierno ] · publicado 29 de marzo de 2026
Así veo el futuro del gobierno digital: el Estado agente
Durante la última década, tanto los Estados como la industria del gobierno digital han invertido enormes energías en construir wallets y apps de credenciales. La Unión Europea tiene el EUDI wallet. Varios países de América Latina tienen sus propias variantes, aunque sin credenciales verificables (Mi Argentina, Carpeta Ciudadana, Gub.uy, etc). Y cada vez que alguien presenta una de estas soluciones, la narrativa es la misma: el ciudadano tendrá sus documentos en el celular, podrá presentarlos digitalmente, y el trámite será más rápido.
No estoy en contra de ese progreso. Hasta lo he impulsado fuertemente. Pero creo que estamos confundiendo un paso intermedio con el destino.
La wallet digital, en su concepción más honesta, es una metáfora heredada. La tomamos del mundo físico —ese objeto de cuero que guardas en el bolsillo— y la digitalizamos. Y al hacerlo, arrastramos su limitación más fundamental: la pasividad. Una cartera no hace nada por sí sola. Guarda cosas y espera que su dueño actúe.
Eso es exactamente lo que hacen la mayoría de las wallets digitales, por más sofisticadas que sean. Almacenan credenciales. Esperan que el ciudadano las abra, seleccione el documento correcto, lo presente, y espere respuesta. El proceso es más cómodo que el papel, sí. Pero no es cualitativamente distinto. Seguimos pidiendo que el ciudadano esté presente, que navegue, que decida, que haga seguimiento. Hemos digitalizado la burocracia sin transformarla.
El verdadero cuello de botella nunca fue el documento
Cuando analizas por qué los trámites de gobierno son lentos y frustrantes, la respuesta casi nunca es "el ciudadano no tenía su documento a mano." El problema es otro: la fricción está distribuida en decenas de microinteracciones —llenar campos, esperar validaciones, hacer seguimiento, volver a presentar algo que ya presentaste, entender en qué paso está tu expediente. Es el proceso completo el que consume tiempo y energía, no el documento en sí.
Una wallet resuelve un fragmento de eso —la presentación del documento. Pero deja intacta la mayor parte de la carga.
Ahora bien: si tenemos agentes de inteligencia artificial capaces de ejecutar workflows complejos, negociar contratos, procesar información y tomar decisiones en nombre de una persona, ¿por qué seguimos diseñando la infraestructura de gobierno como si el ciudadano tuviera que hacer todo eso manualmente?
La respuesta incómoda es que no hemos resuelto el problema de la confianza delegable. Y sin eso, el agente más capaz del mundo no puede hacer un solo trámite gubernamental.
El problema que nadie está resolviendo
Cuando un agente actúa en el mercado privado —compra, reserva, negocia— el problema de confianza es relativamente simple: ¿tiene autorización para gastar? ¿Tiene los fondos? Eso se resuelve con protocolos de pago.
Cuando un agente intenta interactuar con el gobierno, el problema es estructuralmente diferente. La institución necesita saber cinco cosas: ¿A quién representa este agente? ¿El ciudadano delegó explícitamente esta acción? ¿Esa delegación sigue vigente o fue revocada? ¿El agente tiene alcance para este trámite específico —y no para otros? ¿Existe un rastro auditable de todo lo que ocurrió?
Ninguna wallet estándar responde estas preguntas. Son preguntas de identidad, de delegación, de scope, de accountability. Y son exactamente las preguntas que un sistema de gobierno tiene la obligación legal de hacerse antes de procesar cualquier acción en nombre de un ciudadano.
La ausencia de una respuesta a estas preguntas es lo que mantiene al ciudadano en el centro del proceso —no como decisor soberano, sino como intermediario obligatorio entre el agente y la institución. Mientras eso no cambie, los agentes podrán asistir al ciudadano, pero no podrán actuar por él.
De la wallet al agente: un cambio de arquitectura
Lo que propongo no es abandonar las credenciales verificables ni la identidad digital —al contrario. Propongo usarlas para algo más ambicioso que guardar documentos.
Imagina que tu wallet no es un contenedor, sino un gestor de mandatos. El lugar donde tú —como ciudadano soberano— defines qué agentes te pueden representar, para qué trámites específicos, bajo qué condiciones, y hasta cuándo. Una credencial de delegación criptográficamente firmada, con scope preciso y revocación en tiempo real.
Con eso en su lugar, el flujo cambia completamente: el ciudadano emite una delegación desde su wallet: "Autorizo a este agente a tramitar mi renovación de licencia de conducir, válida hasta el 30 de abril." El agente consulta un registro de trámites —una descripción estructurada de qué requiere ese procedimiento, qué documentos, qué pasos, qué endpoints— y ejecuta el proceso completo. Presenta la delegación ante el sistema de gobierno. El gobierno la verifica criptográficamente, sin revisión humana para la autenticación. El resultado —el nuevo documento, la aprobación, la credencial actualizada— llega directamente a la wallet del ciudadano. La delegación expira. El audit trail queda preservado.
El ciudadano no tocó un formulario. No hizo seguimiento. No volvió a presentar nada. El agente actuó dentro de un mandato preciso, verificable y revocable. El gobierno procesó una transacción auténtica, trazable y conforme.
Eso no es una wallet mejorada. Es una arquitectura distinta.
Por qué esto importa especialmente en América Latina
Los países que llevan décadas construyendo infraestructura digital de gobierno tienen un problema que nosotros todavía podemos evitar: el peso de lo que ya construyeron. Cada sistema legado que "funciona más o menos" es un argumento contra la transformación. Cada portal que ya existe es una razón para no reemplazarlo.
América Latina tiene la posibilidad —y la necesidad— de hacer el salto correcto desde ahora. La demanda ciudadana de servicios públicos que funcionen es real y creciente. La presión política para modernizar el Estado es concreta. Y la infraestructura técnica para construir esto correctamente —estándares abiertos de identidad, protocolos de credenciales verificables, frameworks de agencia— ya existe y está madura.
Lo que falta no es tecnología. Es la decisión de construir la capa de confianza correcta, en lugar de construir otra wallet con mejor diseño.
En Sovra llevamos años construyendo esa capa. Más de 1.5 millones de identidades verificables emitidas. Más de 20 despliegues de gobierno. Conocemos los trámites desde adentro —no como observadores externos, sino como operadores que han conectado APIs gubernamentales, entendido los flujos reales, navegado las restricciones legales e institucionales de cada jurisdicción.
Lo que estamos construyendo ahora es el puente: la infraestructura que permite que un agente actúe en nombre del ciudadano ante una institución, con mandato verificable, con delegación criptográfica, con audit trail completo. No como un servicio adicional sobre la wallet. Como la arquitectura que debió existir desde el principio.
El Estado agente no se construye con mejores portales
Hay un debate activo hoy sobre cómo deberían ser los gobiernos en la era de la IA. La pregunta que más escucho es: ¿cómo integramos agentes de IA en los servicios públicos existentes?
Creo que es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es: ¿qué infraestructura de confianza necesita existir para que los ciudadanos puedan delegar a agentes la interacción con el Estado —con la misma validez legal, la misma trazabilidad, y más velocidad que el proceso manual?
Cuando esa infraestructura exista, los agentes no serán una feature adicional del portal de gobierno. Serán el canal principal. Y los portales —las wallets, los formularios, las ventanillas digitales— se convertirán en lo que siempre debieron ser: interfaces de último recurso para quien prefiere el control manual, no el modelo predeterminado para todos.
El gobierno digital pasó sus primeras décadas digitalizando papel. Pasó la siguiente digitalizando procesos. Lo que viene ahora no es digitalizar más cosas —es construir la capa que permite que el Estado opere a velocidad de agente, con accountability de institución.
La wallet fue un paso necesario. Pero es hora de dar el siguiente.
Lucas Jolias
Politólogo, profesor y emprendedor. Trabajo con gobiernos de América Latina en innovación pública, gobierno digital e identidad digital.
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